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Los cuatro alumnos que asisten a la escuela rural N°90 en Sauce del Queguay Arriba (Paysandú) desempolvaron sus túnicas luego de cinco semanas sin clases y volvieron ansiosos a las aulas. “Nuestra escuela es un mojón para la comunidad rural y el lugar de encuentro que tienen estos niños”, relata la maestra sobre esta vuelta a clases tan especial.

Los alumnos que asisten a la escuela rural N°90 en la zona Sauce del Queguay Arriba (Paysandú) son cuatro: dos pares de hermanos que cursan inicial nivel cuatro, primero, cuarto y quinto año. El varón y las tres niñas vistieron nuevamente sus túnicas luego de cinco semanas sin clases y volvieron ayer miércoles 22 de abril a la escuela: “la vuelta a clases se vivió con mucha alegría y entusiasmo de parte de los niños, de los padres y nuestro por supuesto”, relata la maestra Maricarmen Cacheiro y menciona antes de seguir a su compañera Fabiana Belassi. La auxiliar de servicio se convirtió en este tiempo en “un pilar muy importante dentro de la escuela para llevar a delante las medidas de higiene que exige el protocolo”.

Las clases en las escuelas rurales se retomaron bajo un estricto protocolo de higiene acordado entre el SINAE, CODICEN, el MSP y la Coordinadora de Sindicatos del Uruguay, cumpliendo con un horario de 3 horas y media (de 9 a 12:30 horas). Los niños concurren solo tres días a la semana y la asistencia es voluntaria de acuerdo a lo que cada familia decida.

Maricamen relata que al principio “los padres tuvieron algo de temor de retomar las clases por todo lo que se está viviendo” frente al avance del COVID-19, pero “después empezamos a hablar con ellos y comenzaron a confiar en las medidas de prevención que se están tomando en las escuelas”, cuenta la maestra sobre el proceso de dialogo con familias en las semanas previas. La docente (que vive en la escuela) recuerda que de todas formas el caso de sus cuatro alumnos es muy particular, porque los dos grupos de hermanos ya tienen contacto entre ellos en sus hogares, incluso con sus vecinos: “es una comunidad con muy poca población, son unas pocas estancias y si bien no van a la ciudad, cuando pueden se visitan entre ellos”.

El paraje Sauce del Queguay Arriba se ubica en la ruta 26 kilómetro 56.500, y desde ahí ocho kilómetros más por un camino vecinal hasta llegar a la escuela. La población en ese paraje rural “está bien dispersa, la mayoría de la gente trabaja en las estancias, que quedan muy pocas en la zona: de dos de ellas son de las que vienen estos niños. Los padres los traen a la escuela en vehículo propio ocho kilómetros”, explica Maricarmen.

Los padres de los alumnos son empleados rurales (trabajan en el campo y se dedican a la ganadería), las madres cocinan para los trabajadores de las estancias. “Para esos padres es importante que los niños vuelvan a la escuela: todo este tiempo sin clases, donde se le enviaban las tareas a distancia, era una sobrecarga para ellos que en ningún momento dejaron sus actividades de campo”, resume la maestra. Sin embargo, destaca que “por suerte las familias lo llevaron de muy buena manera y agradecemos ese apoyo. Optamos por ser flexibles con las tareas; se las mandaba y les daba un tiempo para que contestaran”.

La vuelta a lo presencial

“Ahora en el aula todo eso es más fácil; realizan tres actividades por día y se llevan una tarea para hacer en la casa”, explica Maricarmen. Asisten al local escolar los días martes, miércoles y jueves, en parte porque fueron los propios niños los que prefirieron trabajar los tres días de corrido y llevarse tareas para el resto de la semana. 
En este tiempo sin clases se comunicaron sobre todo a través de WhatsApp; la maestra les mandaba fotos de las tareas, ellos las hacían en el cuaderno y le devolvían fotos con las actividades resueltas. En cuanto al uso de las plataformas educativas y la conectividad; “si bien tienen internet y buena señal, en su mayoría tienen prepago y es un poco reducido. Me dijeron que se iban a organizar mejor para el trabajo en plataformas para los días que no vayan a la escuela”.

Muchas veces “nuestra escuela es el único contacto que tienen estos niños con el resto de la sociedad, es un mojón para la comunidad rural y el lugar de encuentro que tienen”. Aun sin las reuniones y eventos sociales, “la escuela genera todo un movimiento en esta zona donde somos tan pocos, le da un poco de vida a la localidad”.

La maestra insiste que cada escuela deberá analizar la reapertura de acuerdo a su contexto; “no todos tenemos la misma situación, pero me parece bien que las escuelas que cumplan con las condiciones puedan volver”, tomando “todas las medidas de precaución que tenemos que tomar como ciudadanos”, como usar tapabocas y el lavado de manos. Maricarmen recuerda que el departamento de Paysandú tuvo hasta el momento un solo caso de COVID-19 y ya se cuenta como recuperado.

“En mi caso conozco bastante la zona, es mi segundo año de trabajo acá; no estamos libres de riesgo, pero conozco con quién se relacionan las personas y la realidad de la escuela”, relata la maestra y agrega: “estamos muy contentos de haber vuelto: resultaba algo agotador y estresante el trabajo desde la casa solamente, prácticamente estás conectada las 24 horas. Volver a la rutina es un alivio para todos”.

En esta vuelta a clases atípica, marcada por el acercamiento de los niños y sus maestros pero con el distanciamiento necesario que exige la situación sanitaria actual, “los niños están contentos”: “me contaron que habían extrañado y estaban un poco aburridos, que la escuela era el lugar que tenían para encontrarse y jugar. Luego de explicarles que el contacto iba a ser algo diferente, el encuentro finalmente se dio”.